Una convivencia posible
06 de Julio de 2009 | Por Nana de Juan | 311 Lecturas
Francisca, a sus 94 años, vive con la argentina Ruth, de 31, que prepara en Barcelona (España) un doctorado. Estas convivencias intergeneracionales son propiciadas por el programa social.
“Primero vino Carlos, un chico mexicano muy agradable y estuvo tres años; luego apareció un compatriota suyo, César, con el que viví veinticuatro meses y ahora la niña, Ruth, con la que espero compartir mi vivienda hasta que termine sus estudios”, segura Francisca, de 94 años.
--- Francisca comparte su vivienda porque sus cinco hijos están así más tranquilos y recibe una ayuda simbólica de cien euros mensuales por los gastos de luz, agua y gas.
--- Tras decidir formar parte de este proyecto intergeneracional, las dos partes pasan por un psicólogo, que estudiará las afinidades de cada cual, su perfil psicológico y su carácter, para saber qué parejas son compatibles y cuáles no lo son.
Desde hace once años, esta entidad promueve la convivencia solidaria y no lucrativa entre jóvenes y ancianos, dos generaciones distanciadas por el cambio en las estructuras familiares modernas, con la idea de que la gente joven pueda acercarse a la experiencia acumulada de sus mayores y de que la tercera edad se adapte a las nuevas realidades culturales y sociales.
Hace ya seis años que Francisca Jalencas comparte su coqueto piso del centro de Barcelona con estudiantes latinoamericanos, tras enterarse por una amiga de esta iniciativa, como otras 332 personas de la tercera edad en toda España, la mayoría residentes entre Barcelona y Madrid.
FRANCISCA Y SUS TRES ESTUDIANTES LATINOS.
“Primero vino Carlos, un chico mexicano muy agradable y estuvo tres años; luego apareció un compatriota suyo, César, con el que viví veinticuatro meses y ahora la niña, Ruth, con la que espero compartir mi vivienda hasta que termine sus estudios”, nos comenta esta dicharachera mujer, por la que no pasan los años.
Francisca comparte su vivienda porque sus cinco hijos están así más tranquilos y recibe una ayuda simbólica de cien euros mensuales por los gastos de luz, agua y gas, mientras que Ruth cobra una beca de 490 euros para la matrícula, aunque ambas tienen muy claro que el dinero no es lo más importante, sino “las ganas de compartir y de vivir en familia, no en un piso de estudiantes”, asegura Ruth.
Tras decidir formar parte de este proyecto intergeneracional, las dos partes pasan por un psicólogo, que estudiará las afinidades de cada cual, su perfil psicológico y su carácter, para saber qué parejas son compatibles y cuáles no lo son. Luego, se firma un acuerdo marco, en el que las dos generaciones dejan claro que van a ser “compañeras de piso”. Los ancianos/as, han de ser independientes y los/as estudiantes se comprometen a compartir charlas y compañía y a regresar al hogar a las diez de la noche, salvo un día y una noche a la semana, en que tienen fiesta.
ACUERDOS PRIVADOS.
Pero, dentro del acuerdo marco, hay pactos personales, como en el caso de Francisca y Ruth. “Yo me he comprometido a sacar su perro, a ponerle unas gotas en los ojos por la noche y a acompañarle los sábados a comprar la comida de la semana; de común acuerdo, vamos cada domingo a misa”, asegura Ruth. Cada miembro de esta pareja se prepara su comida y cada una friega sus platos porque, que quede claro, este programa ayuda a ambas partes e intenta trasmitir valores, “pero ambos miembros de la pareja tiene que estar con un grado satisfactorio de salud mental y física”.
Francisca cuenta con una trabajadora social que cada mañana se instala noventa minutos en su hogar para rehabilitar sus costillas, dar un paseo y colaborar en poner en marcha una lavadora, “porque estos trabajos no son propios de la estudiante y, de no ser así, no podría convivir con nadie”, nos asegura una portavoz del programa “Viure y Conviure”.
Está claro que entre las parejas se genera una relación de amistad, que Francisca ha accedido a ver el fútbol televisivo con la argentina, aunque Ruth no acceda a contemplar los seriales mexicanos; que la anciana ha encontrado una grata y discreta compañía y que Ruth ha hallado, por fin, tranquilidad y una familia, harta ya de vivir en pisos de estudiantes.
A MARUJA SE LE CAÍA LA CASA ENCIMA.
Al lado del edificio de Correos y del Paseo de Colón de Barcelona, un piso de casi 300 metros cuadrados alberga a Maruja, de 79 años y a la colombiana Beatriz desde hace unos meses. A Maruja, viuda y con sus cinco hijos fuera del hogar, “se le caía la casa encima” y ni sus clases de pintura ni sus cantos en el coro le quitaban su soledad.
Desde hace tres meses, ya no come sola. Aunque cada una se prepare su comida, Beatriz y Maruja comparten mesa y charlas, al hilo de las noticias que observan en los informativos de mediodía. “Aún no nos hemos peleado”, así que debe ser que nos llevamos bien”, apunta Maruja.
“Desde que tengo uso de razón, he vivido sola y esta experiencia me ha significado un gran cambio de costumbres, que me ha costado esfuerzo, pero que ha sido positivo”, asegura Beatriz, con una madre de 50 años a la que no ve desde hace una década como única referencia de “persona mayor”.
Aunque la joven afirma ser “poco expresiva”, Maruja asegura que se pasan las horas muertas hablando y hablando sin parar, que nunca se les acaban los temas de conversación y que “aún no nos hemos peleado”.
VIVIR Y CONVIVIR EN COMPAÑÍA.
Los objetivos del programa “Vivir y Convivir” pretenden, además de la ayuda solidaria y mutua entre dos generaciones, la promoción de medidas alternativas par afrontar el problema de la soledad entre los ancianos, así como facilitar alternativas de alojamiento a los estudiantes jóvenes. Al comenzar, hace ya casi 12 años, consiguió la unión de veinte parejas intergeneracionales, frente a las 330 existentes en la actualidad.
Los ancianos que se acogen al programa son mayoritariamente mujeres de alrededor de ochenta años de edad con un piso en propiedad, mientras que en el otro sector predominan las estudiantes que se desplazan de su lugar de residencia para cursar estudios superiores, de los que un treinta por ciento son extracomunitarias, según un estudio de la Obra Social de la Fundación Caixa de Catalunya.
Foto Albert Olivé.
EFE-REPORTAJES.
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